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domingo, 27 de mayo de 2012

EL CORRAL DE LOS MUERTOS




EL CORRAL DE LOS MUERTOS


ENLACE: RUTA SENDERISTA AL CORRAL DE LOS MUERTOS


Geografía

Casi en el límite del término, sobre una loma que domina el Camino de Fuentes y el antiguo Camino de Onda, se eleva un edificio rectangular de dos salas denominado el Corral de los Muertos. Para llegar allí se va por la ruta de Macasta y una vez en aquel altiplano, veréis a la izquierda una pista obstruida por una cadena, (alguien debería decirle al señor que la puso, que la quite), que tendréis que salvar para, siguiendo dicha pista, llegar al Corral que está situado a unos dos kilómetros de distancia.

Os sorprenderá seguramente, además de las maravillosas vistas que desde allí se divisan, pues estamos a más de setecientos metros de altitud, el buen estado de sus paredes exteriores, su gran tamaño y sobre todo unos vanos, las troneras, que a lo largo de sus tres vertientes asoman dominando desde su alzada los antiguos caminos de Onda y de Fuentes. Son las troneras, angostos ventanales por donde los fusileros vigilaban los caminos y asomaban los cañones de sus fusiles. Las hay de todo tipo, unas en muy buen estado y trabajadas a conciencia, otras al parecer realizadas con más precipitación, pero igualmente eficaces, de tal manera que más que un corral, nos queda la apariencia de edificio fortificado y esa fue la función primordial que tuvo durante las tres guerras carlistas que asolaron la mayor parte del siglo pasado.

Pero el nombre del Corral de los Muertos se debe a la Primera Guerra Carlista (1833-1840), por un hecho de armas que allí tuvo lugar. He tratado de reconstruir lo más fielmente posible lo que allí ocurrió y las consecuencias que de tal hecho se derivaron. Este es el resultado:

 Historia
En 1820 la Villa de Cirat, junto a gran parte de los pueblos de la comarca, léase Lucena, Cortes de Arenoso, Villahermosa, Villafamés, etc … abrazó la causa liberal. Un cronista anónimo de la época nos lo cuenta así en un escrito fechado en 1840:
"La cañada del Mijares es sin disputa uno de los países más decididamente liberales de España, y teatro de grandes hazañas y de grandes atrocidades. Sus habitantes dotados de valor y constancia a toda prueba, han vivido y viven sin cesar expuestos al furor de los rebeldes, y su existencia es una lucha continua. Esta disposición ha salvado a la Plana de Castellón de graves males, aunque no la haya libertado de todos. Antemural del país contra las tentativas de la facción abrigada en las sierras del Maestrazgo, es aquel territorio el que recibe los primeros golpes del enemigo, y la fama de Lucena, Cirat, el Castillo y Villafamés son europeas. A primera vista parece extraño que una tierra tan liberal haya producido tantos cabecillas carlistas, pero cesará la admiración a poco que se reflexione. En efecto, un carlista en aquellos pueblos carece de simpatías y apoyo, y ó ha de ahogar sus sentimientos en el pecho, ó ha de salir a otra parte a manifestarlos. De aquí resulta que los pocos partidarios de D. Carlos que ha producido el Mijares, se han apresurado a alejarse de su domicilio para aventurar el pronunciamiento, seguros de su pérdida, si cometían la indiscreción de verificarlo dentro."
Estos son los nombres de los más significados cabecillas carlistas, algunos de ellos importantes jefes, a los que alude genéricamente nuestro cronista liberal, y que surgieron de nuestros pueblos:
 Pascual Navarro (alias) el Jalvegado, de Puebla de Arenoso.
 Benito Catalán (alias) el Royo de Nogueruelas, natural de Cortes de Arenoso y avecindado después en el pueblo que le da el alias.
 José González (alias) Pepe Lari1a, natural y vecino de Segorbe.
 Pedro Villanueva (alias) la Bella o la Petronila, nacido en Olva.
 Miguel Julve, natural de la Villa de Cirat y huído desde muy joven del pueblo.
 José Badía, natural de Cortes de Arenoso.
 Francisco Gómez (alias) el Cedacero, natural y vecino de Montanejos.


En 1833 se desató la Primera Guerra Carlista o Guerra de los Siete Años, con diversos levantamientos favorables al infante Carlos María Isidro, hermano del fallecido Fernando VII. La cuenca del Mijares y el Maestrazgo, así como la mayor parte de la Sierra de Espadán, comenzó a poblarse de partidas de carlistas, en principio desorganizadas, pero que fueron tomando cuerpo bajo el mando de jefes como Manuel Carnicer, Jaime Miralles (alías) el Serrador, o el mismísimo Ramón Cabrera. Cirat, que se había proclamado liberal, quedó expuesta a estas partidas y comenzó a sufrir los rigores de esta espantosa Guerra Civil, en forma de continuos saqueos y vejaciones.
En junio de 1836, hartos de tanto saqueo, sabedores de que por la zona de Toga y a de Fuentes, se habían dispersado algunos grupos de carlistas del grueso que recorría la Sierra de Espadán, según cuentan las crónicas, cincuenta nacionales de Cirat se emboscaron en el Corral y sorprendieron a uno de esos grupos, causándoles cuatro muertos y un herido al que cogieron prisionero. La noticia del enfrentamiento corrió como la pólvora entre las filas carlistas y de ahí surgió el nombre actual del Corral de los Muertos.
Pero las consecuencias del sangriento enfrentamiento no se hicieron esperar. Apenas un mes después, el amanecer del 4 de julio de 1836, aparecieron ocupados los a montes que rodean Cirat, por la partida de Joaquín N. (alias) el Peinado y sus subalternos. Apareció el Peinado, que era natural de Manzanera y tenía fama de cruel y bravucón, con el ánimo de escarmentar a los ciratenses. Pero éstos, que habían sido alertados con anterioridad del movimiento de las tropas carlistas, se habían aprestado a la defensa del pueblo. Se libró un encarnecido combate que duró varias horas y fueron de largo y nutrido fuego, hasta que los carlistas viendo que el pueblo se les resistía y cada vez eran más numerosas sus bajas, optaron por retirarse en dirección a Pina. y; según cuentan las crónicas, sus pérdidas fueron considerables: siete muertos, dos prisioneros y treinta reses que dejaron abandonadas por su precipitada huída. Pero a pesar de la victoria este fue un día amargo para Cirat, ocho de sus más valientes jóvenes quedaron sin vida en el campo de batalla y fue un día de enorme dolor y duelo por tan importantes bajas.
Y no quedó todo ahí. El 3 de agosto de 1836, Jaime Miralles (alias) el Serrador, natural de Villafranca y que poco después habría de ser nombrado por el pretendiente a la Corona, Comandante General del Reino de Valencia, en represalia por la derrota sufrida por su subalterno Peinado, se apoderó de Cirat, dirigiendo personalmente las operaciones, incendió el Palacio del Conde y las casas de los principales liberales, saqueó el pueblo, taló sus carrascas y pinares, se apropió de los alimentos necesarios para abastecer su gavilla, se llevó las reses y la mayor parte del ganado, y dejó al pueblo sumido en la impotencia y en la desesperación.
No fue éste, por desgracia, el último episodio de estas sangrientas luchas entre carlistas y liberales. Esta primera guerra no acabaría hasta el año 1840 y todavía otras dos guerras civiles, más sangrientas aún si cabe, asolarían la región a lo largo del pasado siglo.
Así que, si se os ocurre ir de excursión al Corral de los Muertos, cosa que recomiendo fervientemente, pues disfrutaréis de sus vistas, de su aire y de sus aguas, pensad por un momento que en aquellas ruinas, en cada una de esas piedras, late una ilusión, una esperanza, un sufrimiento o una pena, de cada uno de aquellos que nos precedieron. Este podría ser nuestro mejor homenaje: nuestro recuerdo.

 Personaje
Una de las partidas carlistas más destacadas en estas refriegas fue la del cabecilla Miguel Julve. Era Miguel Julve natural de Cirat y su primer oficio fue el de carnicero. Famoso en su juventud por sus robos y tropelías en los caminos reales, fue preso y condenado a presidio durante algunos años. Una vez cumplida la condena, regresó a Cirat y se proclamó partidario de Carlos V. Reunió una partida de hombres y la Sierra de Espadán se convirtió en el teatro principal de sus hazañas.
Cuenta nuestro anónimo cronista que "era capaz de soportar las mayores fatigas, sabía aprovechar la ocasión y huir el cuerpo cuando amenazaba algún peligro," y que, "no desayudaba a ésto su complexión fuerte y su alta estatura, su mirada torva y su acento ronco y amenazador", además de acusarle de "robar ganados, apoderarse de caballerías, maltratar alcaldes ó asesinar hombres"
Sea como fuere, la partida de Miguel Julve tomó merecida fama entre las tropas o carlistas y también entre las liberales, por su arrojo y valentía y por su perfecto conocimiento del terreno en el que se movía. Tanta que el Gobernador Militar de la zona, dio órdenes precisas al capitán de la partida volante de Soneja D. Tomás Arnau y las instrucciones convenientes para su detención. Este formó una partida junto con el cabo Juan Salvador y cinco de sus mejores hombres y como perro de presa se dedicó a su persecución. Tras ímprobos esfuerzos logró detenerle mientras dormía en un pajar de las inmediaciones de Montanejos, donde residía la esposa de Miguel.
Fue encarcelado en la cárcel de Valencia y para su desgracia, establecidas las represalias, el general Vanhalen, del ejército del Centro, mandó fusilar igual número de sargentos rebeldes que había fusilado unos días antes el general Cabrera en Pardiñas, que eran un total de 96.
De la cárcel de Valencia sacaron a dos: Francisco Peña y Miguel Julve. El día 8 de noviembre de 1838, a las 4 de la tarde salieron ambos por la puerta del Perdón de la Ciudadela al llano del Remedio y fueron fusilados por la espalda.

Todo esto lo escribe, corrobora y confirma, este cronista, que lo es, en la Villa de Cirat a 20 de agosto de 1999.



Angel Sorní.
CIRAT 99.



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